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lunes, 24 de septiembre de 2012

SIMBOLISMO DE LAS ARTES LIBERALES

Hemos escogido hablar de las artes liberales porque constituyen una oportunidad de tratar de una visión económica de la cosmogonía y de mostrar o hacer un viaje a través de lo que esa cosmogonía está revelando, aunque sea mediante un leve esbozo, que quiere ser lo más sintético posible, de lo que podría decirse al respecto.
Como todas las artes y ciencias de origen tradicional han servido de vehículo de expresión y de enseñanza para verdades de un orden superior al de su propia literalidad y ese fue también el caso en la Edad Media y principio del Renacimiento. Queremos decir que no sólo estuvieron al servicio de una teología como hoy se la entiende, sino de algo de orden más profundo, donde se da la verdadera unidad de las formas tradicionales, la metafísica, pudiendo servir así de soporte o de auxilio en la realización iniciática.
Para ello las pondremos en relación con el Árbol de la Vida cabalístico, pues éste es un modelo completo y universal que incluye no sólo una ontología y una cosmología sino también una metafísica.
Si el punto de vista metafísico es el único libre de relatividades y hay que considerarlo en sí mismo como inefable por la simultaneidad de aspectos que concurre y se solucionan en él, el punto de vista cosmológico es susceptible de mostrar distintas facetas según el aspecto que se considere, lo cual da lugar también al arte o la ciencia correspondiente que aparece como vía de unión o de rescate de ese aspecto en lo universal.
En las tradiciones de los distintos pueblos se remite el origen de las artes y ciencias a un dios o héroe civilizador, comunicador e intermediario entre lo celeste y lo terrestre, que genera el desarrollo de su cultura al vivificar el mito y comunicar una enseñanza ejemplar.
Se dice que el hombre primordial poseía en sí el conocimiento de todas las artes y oficios pero que éstos no estaban diferenciados para él, en quien el cosmos y la deidad eran uno. Será en estados posteriores e históricos, que corresponden a un distanciamiento del centro primigenio, donde esas artes y ciencias se desarrollen y plasmen según una economía espiritual que equilibra esa pérdida y que es la misma que ha coagulado las distintas formas tradicionales que, en tanto que reveladoras y adaptándose a las características de los pueblos que las encarnan, les dan su identidad particular y universal.
Es el discurso de la existencia lo que ellas sintetizan y ordenan pues en cuanto son lo que deben ser, ofrecen de él un modelo simbólico, que lo revela.
Desde este punto de vista, considerar que estas artes tienen su fin en sí mismas sería una forma de idolatría o de superstición, donde de nuevo lo literal o lo relativo sería el límite en el que se detiene la comprensión, constituyéndose entonces en un obstáculo, en un estorbo probablemente pesado e innecesario en lugar de revelar una realidad anterior a ellas. Es cuando se hacen insignificantes cuando pueden progreder ya sólo en un sentido externo y cuantitativo y así ha llegado a darse el mundo moderno, distraído hace tiempo de sus posibilidades internas, a las que debería atender para poder salir de su letargo pues son las únicas que cuentan desde el punto de vista espiritual y sin ellas su gesto no será sino un perderse en lo múltiple. Pero tal vez sea esto mucho esperar de un mundo que cree que su origen está en el sueño y que lo mayor es un futuro cuantitativo.
Podría decirse que las artes tradicionales son una sola que se expresa de maneras diferentes según sea su soporte simbólico, y que se presentan como los vehículos a través de los cuales se expresa una misma Doctrina o Enseñanza, de orden trans-histórico, tal cual la verdadera esencia del cosmos y del hombre, a los cuales vincula en una realidad que los trasciende. Si el cosmos manifiesto no es sino un vehículo de revelación, él mismo es para ser trascendido.
Para los pueblos tradicionales las obras de arte no eran distintas de su utilidad cotidiana y se constituían en la expresión y el soporte de su conocimiento del cosmos, al que no se consideraban ajenos. Y su cultura no era algo diferente de su existencia, con lo cual podían identificarse plenamente con ella, siendo también símbolos vivos y actuantes. Es sólo para un pueblo que se maneja con los restos más o menos lejanos de lo que un día fue su Arte y que ha olvidado o distorsionado los principios que lo informaban, que la cultura se ha convertido en algo que se posee o se adquiere y con lo que generalmente se carga, constituyendo un "bagaje" que apenas sirve para ganarse el pan en un medio dominado por intereses puramente cuantitativos, que se empeñan en no dejar escapar a nadie de su juego. O como un valor añadido al ser del hombre y la cultura, preñado de supuestos que obedecen a las vicisitudes más cambiantes y que apenas incluyen que la verdad sea algo más que un etiquetado consumible, útil para los intereses del mercado.
Volviendo a las distintas formas del arte, o de sus producciones, puede verse que predominan o se desarrollan más unas u otras en las culturas según sea el modo de vida de los pueblos de que se trata. Así, al nómada que se desplaza según el tiempo, el propio paisaje se le renueva y se mantiene hasta cierto punto como virginal, permitiéndole que su propia historia no sea diferente esencialmente de su modelo mítico, que tanto puede leer en el movimiento de los astros como recordar sintéticamente a través de la palabra, la danza o la música que son artes propias del tiempo y del ritmo. La memoria de la cosmogonía se expresa en la narración mítica, el canto conmemorativo, la danza sagrada, pero también en el modelo de sus tiendas y campamentos, en sus pinturas y bordados, en sus ritos específicos y en todo en lo que traza la impronta de su ser mítico. El nómada apreciará más fácilmente la hospitalidad de la tierra.
El sedentario ha de significar su espacio, que el transcurso del tiempo gasta, plasmando obras que duren en éste y que constituyan un modelo simbólico que le permita "viajar" por así decir a la comprensión de ese cosmos, al llevar implícita la memoria de lo simultáneo, o de un: tiempo otro presente entonces en ese espacio cualificado.
La ciudad es la obra extrema del sedentario, un reflejo en lo terrestre del modelo celeste: su orientación y distribución interna, la arquitectura de los templos y hogares -a su vez modelos simbólicos del cosmos-, el ordenamiento religioso y administrativo que refleja la tradición en el seno de ese pueblo, su calendario ritual, etc., son expresiones del conocimiento de los principios, de los que derivan las distintas aplicaciones en los diversos órdenes, las cuales señalarán lo espiritual mientras no se pierdan de vista aquéllos. Cuando esto ocurre se oscurece el tiempo de esa cultura, al anquilosarse, ya que entonces sus símbolos, mitos y ritos han perdido su poder vivificador y revelador que queda como oculto en ellos mismos. Se puede decir que tanto el tipo de los materiales que emplea como la forma misma de sus obras, junto con los datos de la ciencia de los ciclos y la geografía sagrada, son un indicio para leer los cambios cualitativos del tiempo, así como para comprender la idiosincrasia de los diferentes pueblos.
Hemos dicho que estas artes podrían verse como el facetado de una luz esencialmente única. Antes de considerar las siete artes una tras otra, siguiendo la correspondencia de sus regentes planetarios con las sephiroth del Árbol de la Vida, diremos que pueden reunirse las siete en dos: la Astrología, ciencia de los ciclos y los ritmos, y la Alquimia ciencia de las transmutaciones, y que ambas, reunidas, expresan la cosmogonía.
La Astrología describe la forma cósmica, su arquitectura ideal y su devenir formal y lleva implícita la idea de jerarquía y de orden armónico. Se trataría en realidad de los grados de la Existencia Universal, simbolizados naturalmente por las esferas planetarias a las que se ve como orbitando en torno a un centro que podría identificarse con el "motor inmóvil" de Aristóteles y que aparece como centro del cosmos y como su solución. En el cielo astronómico sería simbolizado por la estrella Polar, único punto que permanece inmóvil mientras la bóveda entera gira a su alrededor y en otro plano por el sol, que da la luz y el calor a la tierra.
El cielo, así como la tierra, es el gran espejo donde el hombre contempla la expresión simbólica de sus mundos internos y precisamente la lectura que tenga de la realidad que aquellos simbolizan lo ubica efectivamente en una esfera o plano, otorgándole su identidad, pues como se sabe uno es lo que conoce, aquello con lo que se identifica. Queremos decir que esos estados del ser pertenecen más bien al mundo interno, inteligible, y que es por la transmutación del alquimista que el cosmos podría ser trascendido. A la forma de la montaña, que es también un símbolo de la forma cósmica, la complementa la de la caverna, que se asimila al corazón. Exterior e interior serían dos aspectos de una sola realidad, que se resuelven en el conocimiento.
Se dice que la Astrología está regida por Saturno. A este planeta y deidad mitológica, le corresponde en el Árbol de la Vida cabalístico la sephirah número 3, Binah, Inteligencia de la que él es un símbolo planetario y mítico. Ella, que puede verse en su realidad universal como reflejando sólo a lo Uno, marca el límite cualitativo de lo manifestado, devolviéndolo todo a la Unidad inmanifiesta y rigiendo simultáneamente el orden de las esferas, que la expresan en su jerarquización y concentricidad, como emanaciones del Uno, que se refleja a sí mismo en el cosmos. Se puede entender entonces que se considere a Saturno regente de la Edad de Oro, cuando los distintos estados no se comprenden en modo sucesivo (o no se excluyen, puesto que son en presente) y la oscuración cíclica no ha ocultado la identidad esencial entre el cosmos, la deidad y el hombre, época mítica que es también un estado -el de hombre verdadero- cuyo "lugar" simbólico es el que se conoce como Paraíso terrestre, el Pardés de la tradición hebrea, o la comarca suprema, Paradêsha de la tradición hindú.
Al número 3 corresponde la forma geométrica del triángulo, imagen sintética de la manifestación que no ha perdido de vista el Principio producida por el reflejo del punto original en los innumerables puntos de la base, que no son sino la posibilidad de todas las criaturas, que en lo cósmico serán otros tantos estados del ser. Entonces, el movimiento celeste de Saturno, el más lento, luego el más próximo al centro, expresa a su manera la "operación" más que atemporal -generada por la Sabiduría divina Hokhmah, la sephirah número 2- que reúne a las cosas con su principio y que en nuestro tiempo está inmanente en el instante, virtualidad de lo que no transcurre. Es desde el punto de vista del ser identificado con el devenir y que ha perdido el "sentido de la eternidad" que Saturno aparece como el tiempo que pone fin a su existencia (de ex-stare = ponerse fuera) relativa.
En el cielo de Saturno -el séptimo de los nueve que figuran en La Divina Comedia- Dante ve, "Dentro del cristal que, rodeando al mundo, lleva el nombre de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció muerto todo mal, una escala del color del oro en que se refleja un rayo de sol y tan elevada, que mis ojos no podían seguirla. Vi además bajar por sus escalones tantos resplandores, que pensé que todas las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas allí." En ese cielo, al que llega conducido por Beatriz, es donde Dante conocerá -por boca de un "contemplativo": San Pedro Damiano- que "su elevado deseo se realizará en la última esfera donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera todas sus partes permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la pierdas de vista".
El módulo del ternario se expresa de múltiples maneras y aspectos. Centro, circunferencia y el radio que los une constituyen el esquema motor de cualquier ciclo o estado, que podría verse siempre como una particularización del ciclo universal cuya espiración produce todas las cosas trayéndolas de lo inmanifiesto a lo manifiesto y cuya inspiración las devuelve a su origen. Ese movimiento de expansión y contracción, presente a la vez tanto en la respiración como en los latidos del corazón del hombre, se recoge en la Cábala en su dimensión universal en la teoría de la Tsim-Tsum, según la cual el Infinito hace un lugar en sí mismo en el que puede entonces manifestarse el cosmos.
Esos dos extremos de la manifestación serán los que en el simbolismo zodiacal se figuren con los dos solsticios, Cáncer y Capricornio, a los que se considera entonces como dos puertas, una que da a la manifestación, a la existencia como ser particular, la puerta de los hombres, y otra, la puerta de los dioses, que corresponde a la salida del cosmos y la identificación con lo inmanifestado.
La teoría (de theorein = contemplar) de los ciclos está desarrollada sobre todo en la tradición hindú, que recoge ciclos tan extensos o tan pequeños, con respecto al hombre, que exceden cualquier esfuerzo imaginativo y devolviéndonos al presente proporciona también la idea de un ciclo prototípico o arquetípico, un ciclo simbólico que ya no puede entenderse en forma sucesiva. La antigüedad clásica también conocía algo semejante puesto que hay referencias de las cuatro edades de la humanidad como edad de oro, de plata, de bronce y de hierro. A ésta última -y a un estado avanzado de ella- correspondería el estado contemporáneo, caracterizado por una pérdida u ocultamiento de la tradición. También, al principio del ciclo corresponde la montaña, luminosa y evidente, y al final la caverna, oscura u oculta, imágenes ambas del centro espiritual. Queremos destacar aquí algo que se relaciona también con la aritmética o numerología sagrada: la proporción de las duraciones asignadas a esas eras o "edades" que constituyen el ciclo de una humanidad y que es la de 4 (edad de oro), 3 (plata), 2 (bronce) y 1 (hierro), en la que podemos ver que la primera aparecería como completa o entera representando la integridad del ciclo y las demás suponen una pérdida u oscurecimiento de alguna dimensión de él. Así como se puede ver que, al ser su suma 10, y 10 = 1 + 0 = 1, el ciclo entero, considerado como sucesivo, no es sino una modificación aparente de su unidad esencial, transcurso que sin embargo es causal respecto al encadenamiento cíclico.
Tenemos que decir aquí, que estos datos tradicionales, como los que pertenecen a la doctrina de los ciclos cósmicos, forman parte del corpus de la Tradición, transmitida como una herencia sagrada desde la noche de los tiempos. Que el hombre individual no podría inventarlos y ni siquiera descubrirlos, pues proceden de una dimensión suprahumana y suprahistórica. Si podemos conocerlos es gracias a la obra de quienes, precediéndonos en la historia, se manifiestan como las voces que vehiculan una Enseñanza, o unas Ideas que se refieren al Principio mismo, y que pueden así tender un puente que permita la salida de la rueda de las cosas.
La posibilidad de este viaje de lo periférico y siempre cambiante a lo central e inmutable tiene que ver con la ciencia de las transmutaciones, la Alquimia. Se trata de la transmutación (más allá de la mutación o cambio) integral del hombre que pretende el conocimiento, o que pretende ser, entendiendo esto como el logro de la identidad original.
Se trataría de una regeneración de su psiqué, entrenada por la cultura en que ha nacido para una visión profana de sí mismo y del mundo, según unos patrones que en general están invertidos con respecto a la verdadera naturaleza de ambos.
Es evidente que para que eso sea posible, algún eco ha de despertar en su interior el mensaje tradicional, por muy lejano que le pareciera al principio el asunto, si es que ha tenido la "fortuna" de entrar en contacto con él, que devuelve a aquél que puede recibirlo con la disposición adecuada, el conocimiento de la esencia simbólica de la existencia y la posibilidad de trascenderla.
La Alquimia considera los metales como la coagulación simbólica de sus arquetipos celestes, como la posibilidad de un hombre nuevo, dormida u oculta en el interior del hombre viejo. Sería posible entonces una labor transmutatoria de lo grosero en lo sutil, del "mercurio vulgar" o de la lectura literal y profana de la realidad, en el "mercurio de los sabios" revelador del Sí mismo y agente de la medicina espiritual.
Este proceso sería análogo, es decir, semejante simbólicamente, al nacimiento y desarrollo de una planta o árbol (imagen del eje que comunica los distintos estados del ser entre sí y con su Principio incondicionado) cuya semilla sería la concepción de los principios y cuyo cuidado vendría dado por el alimento de la enseñanza tradicional y el agua de la gracia espiritual, que vivifica al hombre nuevo. La Alquimia se sirve de la simbólica mineral, vegetal y animal, y recomienda al alquimista que contemple cómo opera la naturaleza.
Decíamos antes que el modelo astrológico plasma simbólicamente la arquitectura de los estados múltiples del ser. Se trata, para el hombre, de grados iniciáticos y no de lugares literales, grados que expresan a su manera el "viaje de retorno" al Sí mismo, el cual hay que entenderlo bien, no puede entrar en correlación con nada, así fuera la cosmogonía entera, de otra manera todavía estaríamos ante una concepción limitada del Principio.
Así puede entenderse que Binah, aun siendo uno de los principios ontológicos (los que se refieren al ser) está situado a la cabeza de una de las columnas laterales del modelo cabalístico. Si las sephiroth poseen una cara luminosa que mira a Kether y otra "oscura" que mira a Malkuth, la parte de Binah que mira a Kether -y en la cual se refleja Hokhmah- no refleja otra cosa que su unidad, o que a él mismo, es decir algo "anterior" a todo el despliegue del cosmos, que en él no es distinto del Principio. Por otra parte, esos tres principios son inmanifiestos y no los separamos sino viéndolos desde lo analítico, al considerar al Principio como susceptible de un conocimiento dual.
En tanto la luna está sobre nosotros, la descripción del mundo nos ocultará la realidad del principio aquí y ahora. Lo virginal no entiende de lo compuesto, aunque pueda acompañarlo, y es necesario olvidar un mundo, o una visión del mundo, para que pueda darse otra que ya no será un reflejo. Entonces el símbolo será absorbido en lo que siempre estuvo simbolizando, podrá mostrar un rostro único y verdadero, arquetípico, un nombre que todas las voces estarían pronunciando aun sin saberlo, tanto las que lo expresan en términos afirmativos como en los negativos. Y si después de esto, aún está aquello de lo que nada puede decirse, hay que recordar que el misterio sólo se revela a sí mismo.
Un gesto impersonal, donde lo personal es también suyo, que siendo único es siempre nuevo, pues gracias a él se regeneran todas las cosas que son hechas de nuevo en ese momento.
El ejercicio de un arte sagrado exige -y a la inversa, favorece o provoca- una transmutación del artista. Si la transmutación de las energías personales es una cosa que le toca a él, que ha de hacerse cargo tanto de lo que más le gusta como de lo que más le duele, la transformación, o el paso más allá de las formas, es cosa de la virtud espiritual implícita en los símbolos, o en la concepción simbólica que él plasma o actualiza de modo ritual. Nadie podrá hacer por él ese trabajo que en todo caso tiene sentido por lo que ya es sin esfuerzo.
En una cultura tradicional, no existe lo que hoy se ve como ocio; sí lo que se refiere al descanso, así como la contemplación y la oportunidad del asombro, que además protege de cualquier fijación parcializada. Si la creación está siendo ahora, su fin no es una de sus particularidades, por más importante que ésta pueda ser en su contexto. Con todo ello, la economía de ese trabajo es cosa que le toca a cada cual, por lo menos respecto a lo que conoce y en el silencio de su "templo" interior. A este respecto, la Alquimia, que se maneja con esos tres principios, que figuran las columnas del Árbol de la Vida, uno activo, otro pasivo, y uno neutro, el del eje central (en el que se conjugan las dualidades), recomienda mantener un fuego continuo y suave, y esto se refiere no sólo a las operaciones que uno pudiera signar como específicamente alquímicas, sino al discurso completo de la cotidianidad del que ha aceptado creer que esto es para él. Podría recordarse también aquí las posibilidades de la danza, que incluyen aquellos movimientos repentinos que restauran el equilibrio, los cuales a su vez son simbólicos. El artista o filósofo -hombre que ama el conocimiento- ha de saber que tanto las figuras que traza lo astronómico como los símbolos gráficos dibujados en un papel, se refieren a una única realidad simultánea y trascendente que, expresándose en ellos, se da al mismo tiempo en forma inmanente en el corazón del hombre.
La geometría signa todo lo que ya es extenso. Ella expresa a su manera, simbolizándolas, las relaciones de los seres entre sí y con su Principio. Plasma entonces en sus modelos simbólicos una economía espiritual que en su origen constituye la posibilidad misma del cosmos.
Con respecto a la regencia de la geometría que se asigna a Júpiter, vemos que en el Árbol Sephirótico, éste corresponde a Hesed, Gracia o Amor divinos, referida al número 4 como expansión de la unidad en la manifestación y realización sintética de todas sus posibilidades de expresión (1 + 2 + 3 + 4=10), es decir, como la posibilidad misma de la revelación, que es simultánea con la creación. Entendemos esa atribución al referirla a las posibilidades reveladoras de cualquier modelo o estructura plasmada por el Arte. Es en tanto que simbólica, es decir como expresión de una idea o arquetipo que la trasciende, que es una manifestación o un vehículo de la Gracia, una bendición en el sentido etimológico del término, la cual ofrece al ser que puede recibirla el medio y el soporte de su realización.
Otro tanto se refiere a la idea de proporción, que la música expresa mediante la escala en la que también está incluida la noción de jerarquía y que implica una distinción o discriminación que permite que se manifiesten la armonía y las correspondencias que vehiculan y ordenan la posibilidad de la unión. Esto no es exclusivo de lo sonoro, y lo visual lo expresa tanto en las relaciones de sus elementos fundamentales (punto, línea, plano, volumen) como en las relaciones ideales entre las distintas figuras geométricas. Una arquitectura armónica, como la del templo o la del jardín, o la de un mandala plano, genera también la audición de otras voces que son evocadas por ese diseño al entrar en ese espacio o al contemplarlo, así como la música describe otro espacio al que nos traslada haciéndonos participar de su cualidad propia.
Ese principio de distinción ha de tener como arquetipo el "temor de Dios", el cual se refiere a la afirmación del Uno en el seno de sus reflejos transitorios y contingentes, y no es lo mismo que el miedo, reflejo oscurecido y distorsionado de él. Él es el Norte que ordena las analogías y correspondencias al señalar la trascendencia y podría entenderse aquí por qué Marte está exaltado en Capricornio, así como por qué se le llama en el himno homérico "dador de la floreciente juventud" y se le impetraba entre los romanos para que favoreciera las cosechas.
En efecto, él activa el recuerdo del Principio y por lo tanto el de la esencia de lo sagrado y otorga la posibilidad de la salida de lo caótico y el retorno a la unidad siempre presente. Lo vemos actuante en la fundación de Roma cuando Rómulo -hijo de Marte- marca los límites de la ciudad tradicional (una imago mundi) mediante el arado, y en la fundación mítica de Tebas a los sones de una lira imagen también de la acción de la doctrina o enseñanza inspiradora de todos los desarrollos que darán lugar a una cultura. De la relación armónica entre la música y la geometría son un ejemplo tanto el modelo astrológico, en el que por cierto están implícitas las demás artes, como la figura de Apolo, el "dios geómetra" de los griegos que lleva en su mano una lira, imagen de las tensiones armónicas del cosmos y de la resonancia de los números en él atributo que le corresponde como director del coro de las Musas, inspiradoras de las artes, las cuales han sido engendradas, según el mito, por Júpiter en Mnemósyne (la Memoria) sobre el monte del Olvido.
El número manifiesta la idea; en realidad es uno con la idea misma, y si se medita en ello, podrá constatarse que la percepción del número no es obra de los sentidos. En efecto, los números no son la cifra que sirve para escribirlos según un modo particular, sino que son un módulo inteligible a través del cual comprendemos la realidad. Así, se dice que las formas geométricas son el cuerpo del número, lo espacializan, patentizando su ritmo interno y generando así un espacio en el que todo podría afirmarse desde ya como otra cosa, como el pronunciamiento o la articulación de un verbo que no es otro que la concepción de todas las posibilidades que por eso mismo ya están realizadas en su identidad primera. Y que su articulación misma, según los ritmos y las correspondencias que hacen el mundo armónico, y a las esferas o planos en que éste puede manifestarse, sea la expresión de una mirada primordial que el Ser efectúa en la Posibilidad del Sí mismo al pronunciar el Fiat Lux.
Si los números nacen de la suma de la unidad consigo misma, quiere decir que en cuanto los consideramos como teniendo una realidad diferenciada por sí mismos ya los vemos de manera cuantitativa.
Si la gracia afirma y sostiene las cosas desde su principio, y el rigor niega lo que niega a su vez ese principio, no hay duda que su conjunción o equilibrio da la medida de las cosas, aquella en que, sin ser negadas, quedan transfiguradas. La aritmética está regida por el Sol, que corresponde a Tiphereth, Belleza, Misericordia o Esplendor. Belleza que hay que entender en el sentido platónico es decir, como experiencia de lo verdadero. En la Idea de centro se unen lo particular y lo universal, que no son separados sino por nuestra percepción analítica e individualizada.
Frente a esa realidad esencial nada tienen que ver las consideraciones cuantitativas. Dice la cábala que cuando las cualidades del Principio están entrelazadas se les llama Tiphereth. Es pues la energía mediadora por excelencia y en esa realidad no discursiva se da la conjunción de la verdad y la.vida.
Siendo el corazón del Árbol Sephirótico, encarna la idea de centro, cosa que también manifiesta el símbolo del sol astrológico y el del oro alquímico, formado por el círculo más su punto central, símbolo susceptible de tantas relaciones que no se podría soñar aquí ni en una breve ojeada sobre ellas.
Tal vez sea oportuno decir aquí que los símbolos son el espejo de una realidad interna oculta siempre en nuestro corazón; que ellos generan y apoyan la certeza, conduciéndonos, al nombrar y señalar la naturaleza de las cosas, al "lugar" donde se oye la voz infalible. Los símbolos son vehículos que nos llevan al conocimiento y a un conocimiento que se identifica con el ser.
De la Retórica se dice que está regida por Venus, la cual corresponde a Netsah, Victoria. La esencia de la Retórica procede siempre de una visión de la belleza, a la que ella manifiesta en el discurso mediante la armonía del todo. Se trataría de una poética viva, sin el agregado de ninguna estética al uso, fecundada por la caridad, o por la gratuidad de lo que es por sí mismo y en la que nada sobra pues viene del Espíritu. Esta Retórica es la de la poesía sagrada ritmada según los números y la arquitectura del Universo y es la de las Artes en general, en tanto que son vehículos de lo sagrado. Sin duda se refiere esta Victoria a la de lo Uno y sintético sobre lo múltiple y fragmentario, o la del Todo sobre la suma de las partes, lo cual constituye a la obra de arte, que porta entonces en ella el poder inspirador y generativo que promueve una transmutación en el que la contempla o la oye (el ícono y el canto sagrado son ejemplos claros) trasportándolo a la comunión interna con lo simbolizado.
La energía de esta diosa o aspecto divino, "la de párpado helicoide" dice el himno homérico (cuya mirada contempla todas las cosas en la Unidad), es encarnada también por la Atenea griega y la Minerva romana, patronas de las artes y oficios y defensoras de la ciudad, cuyo orden conservan -con todos los beneficios espirituales que ello significa- mientras sus habitantes puedan guardar aquella orientación que hace de sus oficios un arte y de ella la imagen de un orden celeste. A la conservación de un Paladium (imagen de la Verdad) estaba ligada la propia conservación de Troya, como ha sido el caso análogo de otras ciudades de la Antigüedad; es entonces la pérdida de la Tradición la que trae consigo la fragmentación, la descomposición y la ausencia de sentido propia de lo profano, que desconociendo la naturaleza simbólica de toda manifestación, no puede participar del orden de una verdadera jerarquía, habiendo perdido de vista la unidad espiritual de todas las cosas.
A Hermes-Mercurio, regente de la Lógica o de la Dialéctica, el cual corresponde a la sephirah Hod, Gloria Divina, se le ha llamado tres veces grande por su sabiduría, lo cual se refiere a su conocimiento de la cosmogonía, de la analogía de sus planos o mundos (el caduceo es precisamente una imagen del Árbol de la Vida), a través de los cuales pone en comunicación al ser humano con el Principio, con su Sí-mismo prístino y primordial que conoce sin intermediarios. Él nos enseña a ver en los claroscuros de nuestra existencia la vía, o un más allá que somos nosotros mismos. Sus mensajes siempre señalan una conjunción de opuestos y nos enseña a verlos como complementarios, como procedentes de un Principio que es No-Dual. Él es un mensajero alado que recorre los aspectos de la cosmogonía y nos conduce al rito como único gesto integral que pueda regenerarnos y nos permita acceder a un conocimiento efectivo y sin otredad, en el que lo particular ha quedado absorbido en lo universal, al no ser ya otra cosa sino simbólico.
Con respecto a la gramática, se adjudica su regencia a la Luna, luminar de la noche. A pesar de las condiciones intempestivas de los tiempos en que nos ha tocado vivir, ahí están los textos tradicionales, y a ellos puede uno recurrir, tanto como medio oracular, como fuente sapiencial que siempre nos devuelve la memoria de nosotros mismos. Yesod, Fundamento, señala la posibilidad de reintegración de un mundo; la forma se reintegra en el nombre y éste en su principio inmanifiesto. Entre la letra y el espíritu, o entre el símbolo y lo simbolizado, no hay más distancia que la que establece una lectura analítica o una actitud que considera las cosas como ajenas a nosotros mismos haciéndolas así estériles, aun sin saberlo.
Suponiendo lo que conocemos nos negamos la posibilidad del asombro, de una fuente que siempre brota en el presente y de la que simplemente se bebe cuando se tiene sed. Nada como acercarse a una escritura otra, como la ideogramática por ejemplo, para poder darse cuenta enseguida de cómo una descripción no es sino la consecuencia de una actitud frente al mundo y a nosotros mismos.
Para los que nos ha tocado nacer en un mundo que ha presupuesto también la palabra, a la que suele ver como el instrumento insuficiente de una comunicación horizontal -sin darse cuenta de que para ver algo horizontal es necesaria al menos la intuición de lo vertical- existe todavía la magia de la etimología que puede devolver, al menos hasta cierto punto, la evidencia de un origen esencialmente unitario del lenguaje, que caracteriza al hombre en su función evocadora de la memoria viva del cosmos, al cual no es para nada ajeno.
Todo lo hemos aprendido; hemos conocido el mundo a través de un medio con el que más o menos nos identificamos. Sería necesario desaprender una lectura o lecturas parcializadas de él para volver a encontrarnos con la libertad de nuestra naturaleza primordial y se trataría aquí de aprender una nueva "descripción" sin obstruir la identidad entre el ser y el conocer. Para lo cual sería necesario el dejar de suponerse un instante, olvidar por un momento nuestro reflejo relativo e insignificante y, con la ignorancia y el silencio como defensa ante lo profano, comenzar a deletrear de nuevo en las páginas del Libro de la Vida.
Sin duda hay en todo esto un secreto, que tiene que ver con lo que siempre será inexpresable por cualquier discurso y que es lo mismo que hace de los símbolos y de lo simbólico el modo apropiado de expresión. Y esto le toca no sólo a los símbolos y mitos acunados como síntesis didáctica de. la naturaleza del Ser, sino al hombre mismo en tanto que, además de símbolo él mismo, o precisamente por ello, puede no sólo leerlos sino identificarse plenamente con lo que está más allá de ellos.
Podemos entender entonces cómo las artes, para el hombre tradicional, o para las sociedades tradicionales, no eran algo hecho para otra cosa, sino la propia expresión de una realidad metafísica -secreta-, expresión acorde con su propia vocación, que no fue otra cosa que su identidad en un mundo y por lo tanto su destino en él, el que, cumpliéndolo, pudo ser el soporte de una realización simultánea y atemporal que se refería a su más profunda identidad y de lo que sin duda eran perfectamente conscientes, a la cual corresponde el verdadero esoterismo.
BIBLIOGRAFIA
-
Dante Alighieri. La Divina Comedia, Espasa Calpe, Madrid 1984.
- René Guénon. El Esoterismo de Dante, Ed. Dédalo, Bs. As. 1976.
- Id. Sobre el Número y la Notación Matemática, Ed. SYMBOLOS, col. "Cuadernos de la Gnosis" Nº 4. Guatemala, 1994.
- Id. Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Ed. Eudeba, Bs. As. 1989.
- Federico González. La Rueda, una Imagen Simbólica del Cosmos, Ed.
SYMBOLOS, Barcelona 1986.
- Id. Los Símbolos Precolombinos. Cosmogonía Teogonía Cultura, Ed. Obelisco, Barcelona 1989.
- Leo Schaya. El Significado Universal de la Cábala, Ed. Dédalo, Bs. As. 1986.
- Ananda K. Coomaraswamy. Sobre la Doctrina Tradicional del Arte, Ed. José J. de Olañeta, Palma de Mallorca 1983.
- Id. Teoría Medieval de la Belleza, Id. 1987.
 
JOSE MANUEL RIO
 

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