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lunes, 3 de septiembre de 2012

LA GLOBALIZACIÓN Y LOS VALORES MASÓNICOS

LA TOLERANCIA DEBE EMANAR DE LA FIRME CONVICCIÓN DEL SENTIDO DE LA IGUALDAD, DE LA LIBERTAD, DE LA FRATERNIDAD

La globalización es un fenómeno moderno aunque podemos encontrar vestigios semejantes a éste en todas las civilizaciones pretéritas a la nuestra, y se deriva de la facilidad —entre otras cosas— que las nuevas tecnologías de la comunicación propician a la cultura y sus valores para su diseminación por todo el orbe. Desde el punto de vista de los avances progresivos la globalización es positiva, en la medida en que pone al alcance de los seres humanos una capacidad para estar informado, para gozar de la información cultural y lo que ello implica, inimaginable tan sólo hace unas décadas. Sin embargo, desde sus primeros pasos, la globalización es vista con reservas, cuando no con manifiesto rechazo, por amplios sectores de la población: la globalización arrasa, destroza todo aquello que es cuantitativamente minoritario en beneficio de las culturas dominantes que no tienen porqué ser cualitativamente superiores a aquéllas. Nos preguntamos si los poderes mediáticos ¿podrán hacer más apetitosa a la moderna e insípida hamburguesa frente a las ricas y diversas comidas tradicionales? Los valores éticos tamizados por la historia de miles de años —no matarás, el amor al prójimo— ¿podrán ser sustituidos por los insolidarios principios regidos por la inmediatez, por un aparente triunfo donde se obvian las repercusiones en el entorno más inmediato, bien sea humano o ecológico contextual? En el manual masónico encontramos una serie de principios a desarrollar en nuestro entorno social, y la apostilla final viene a afirmar que cuando aquellos se cumplan la masonería carecerá de sentido y se disolverá. Los valores éticos que impregnaron los principios de la revolución ética del siglo XVIII y que le dieron entidad, hablan de libertad, de igualdad, de fraternidad y de ellos se derivan conceptos básicos como la tolerancia o la laicidad. Pero, la cultura a la que tenemos acceso mediante la globalización ¿garantiza el desarrollo en libertad o, por el contrario, puede conducirnos a la alienación, a propiciar valores ajenos a nuestra condición, a la evolución natural como seres humanos libres? La individuación que en nosotros se produce mediante el uso del libre albedrío ¿será posible en un mundo globalizado donde se prima lo común frente a lo individual? La «nueva y antigua cultura de la dominación», cuyas secuelas son fácilmente observables en estos momentos y que, aparentemente, cree haber dejado obsoletos los valores de la «vieja revolución ética», aquella que defiende y trata de integrar nuestros valores insignia, ¿permitirá la contemplación del «otro» como un ciudadano libre y fraternal, con todos sus derechos y deberes o, por el contrario, reducirá a éste a la falsa contemplación ética basada en la utilidad y sólo eso?  La cultura por sí sola —independiente de la diatriba, información frente a formación—, y en estos momentos, no es garantía de nada. Ese grito de libertad frente al oscurantismo de los siglos XVIII y XIX puede haber perdido gran parte de su significado original si no se le adoba y va acompañado de ciertos valores éticos: todos los saberes deben ser puestos al servicio del ser humano para que faciliten su libre desarrollo. Las personas con, supuestamente, más cultura del pasado siglo XX estuvieron de acuerdo, o miraron hacia otro lado, al posicionarse ante los falsos valores éticos que dividieron al mundo y que, en los dos polos, tenían en común la
negación de la libertad del ser humano. Sólo si se contempla la cultura y la nueva situación que propicia la globalización desde la libertad, el respeto al ser humano en su diferencia, desde la contemplación del otro como un «alter ego», como una prolongación de mí mismo, tendrá sentido positivo. Incluso el mismo sentido de la tolerancia, en su acepción profana, debe cambiar de orientación. Debemos recordar que en el mundo profano la necesidad de la tolerancia nace del conflicto que puede surgir de las diferencias entre seres todos ellos diferentes. Si no hay conflicto, el bálsamo de la tolerancia es innecesario. Frente a ello, se debe ser tolerante ante los demás porque se asume la diferencia del otro, y ello como principio básico de la conducta humana. La tolerancia debe emanar de la firme convicción del sentido de la igualdad, de la libertad, de la fraternidad. De ahí la importancia y presencia de los valores masónicos, que continúan con tanta vigencia como cuando fueron formulados y plasmados por primera vez. Es evidente que aún estamos muy lejos de la circunstancia que permita nuestra disolución.

Revista Masónica “La Acacia”,
Nueva época año VIII, Número 20, pagina 3, Junio de 2004.

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